Cada mañana, antes de que el sol caliente las calles de St. Petersburg, las puertas del ‘Orlando Latin Market’ vuelven a abrirse.
Entran clientes buscando pan fresco, café, plátanos verdes, queso, sazones, un dulce que les recuerde la infancia o simplemente alguien que los salude por su nombre.
Detrás del mostrador casi siempre hay una sonrisa, una conversación, una recomendación, un "¿cómo está la familia?".
Lo que muchos desconocen es que ese pequeño supermercado latino es mucho más que un negocio. Es el resultado de décadas de sacrificios invisibles.
Es la historia de una pareja dominicana que llegó a Estados Unidos siendo apenas unos adolescentes, trabajaron en fábricas, cuidando ancianos, levantando cajas durante interminables jornadas, soportando salarios injustos, empezando de cero más de una vez, pero que nunca dejaron de creer que el esfuerzo abriría el camino para que sus hijos vivieran una realidad distinta.
Durante veinte años, Freddy y Damaris Castillo construyeron una comunidad entre los pasillos de su tienda y su hija decidió inmortalizarla.
La periodista Amaris Castillo, nacida en Brooklyn y hoy reconocida por su trabajo en medios como The New York Times, Bradenton Herald, The Lowell Sun y el Instituto Poynter, escribió su primer libro ‘Historias de Bodega’.
Paginas cuya esencia se basa en un pequeño mercado latino pero que en realidad habla del amor de unos padres, del peso de la migración y de la dignidad que nace del trabajo cotidiano.
"No sé cómo pagarles todo lo que hicieron por mí", confiesa Amaris durante la entrevista con CENTRO Tampa. Hace una pausa, respira y continúa.
"Este libro es una parte de ese agradecimiento." No habla únicamente como periodista, habla como hija, como alguien que creció viendo a sus padres levantarse antes del amanecer para abrir una tienda que muchas veces significaba mucho más que una fuente de ingresos.
Era el lugar donde los recién llegados encontraban productos de su país, escuchaban su idioma y sentían que todavía pertenecían a algún lugar. Porque una bodega latina nunca vende solamente alimentos, también vende recuerdos.
[ Foto cortesía: Familia Castillo ]
Los padres de Amaris Castillo, Freddy y Damaris, en sus inicios como dueños de una bodega hispana. Una fuente de trabajo que los ayudó a formar a su familia.
El precio del sueño americano
Freddy Castillo llegó desde República Dominicana a Nueva York con apenas 18 años. Damaris tenía alrededor de 15.
Como miles de inmigrantes, dejaron atrás a su familia, sus costumbres y la seguridad de lo conocido para comenzar una vida completamente nueva. Se conocieron en Brooklyn, se enamoraron, se casaron y empezaron una familia.
Amaris nació en medio de una ciudad vibrante, pero también marcada por la violencia y el narcotráfico durante los años noventa. Mientras ella y su hermano crecían protegidos del peligro, sus padres trabajaban donde hubiera una oportunidad.
Él pasó años detrás del mostrador de distintas bodegas. Ella alternó empleos en fábricas, el cuidado de adultos mayores y otros trabajos físicamente agotadores. Nunca fue fácil pero nunca dejaron de avanzar.
Entonces ocurrió el 11 de septiembre de 2001. Amaris cursaba su primer año de secundaria en Manhattan cuando los atentados estremecieron a Estados Unidos. La tragedia cambió el rumbo de la familia.
Al año siguiente se mudaron a Florida buscando tranquilidad y un nuevo comienzo. Sin embargo, empezar de nuevo significó volver a enfrentar la incertidumbre.
Freddy intentó abrir un supermercado junto a su hermano. El proyecto fracasó. Después trabajó en construcción, pero un día regresó a casa con una caja de naranjas en vez de dinero. Era todo lo que su empleador le entregó en lugar del salario que le debía.
La escena quedó grabada para siempre en la memoria de Amaris. Mientras tanto, Damaris trabajaba largas jornadas en Walmart, había cuentas por pagar, había hijos creciendo, había que seguir.
Como ocurre en tantas familias inmigrantes, rendirse nunca fue una opción.
Una hija escribe para que el sacrificio no desaparezca
Cuando Amaris estaba por comenzar sus estudios en la Universidad del Sur de Florida, (USF), sus padres volvieron a apostar por lo que conocían mejor que nadie y compraron un pequeño supermercado latino en St. Petersburg.
Las neveras estaban deterioradas, les faltaba mercancía, el negocio necesitaba prácticamente renacer, pero lo reconstruyeron día tras día, sin descanso, sin vacaciones, sin horarios.
Dos décadas después, ‘Orlando Latin Market’ no solo continúa abierto; se convirtió en parte del patrimonio social de la ciudad. En 2026 fue reconocido oficialmente por la ciudad de St. Petersburg como un Legacy Business, una distinción reservada para negocios que han dejado una huella permanente en la comunidad.
Para Amaris, aquel reconocimiento fue mucho más que un certificado, fue la confirmación de que el sacrificio de sus padres había valido la pena.
El libro que casi nunca existió
‘Historias de Bodega’ comenzó en realidad once años antes de su publicación. En 2015, mientras trabajaba como reportera del Bradenton Herald, Amaris creó un proyecto digital con ese mismo nombre para documentar las historias humanas que nacían dentro de las bodegas latinas.
El proyecto quedó en pausa mientras construía su carrera profesional, se casaba y formaba una familia. Hasta que una conversación cambió todo.
Mientras escribía un artículo para el Instituto Poynter sobre periodistas que publicaban libros, entrevistó a una editora de University Press of Florida. La editora descubrió aquel antiguo proyecto y le propuso convertirlo en un libro.
Amaris dudó, era madre de dos niños, trabajaba tiempo completo, la vida ya estaba llena de responsabilidades.
Pero comprendió que algunas oportunidades aparecen una sola vez. "Si no escribía este libro ahora, me iba a arrepentir toda la vida." Aceptó el desafío.
Durante un año regresó cada fin de semana a la tienda de sus padres, entrevistó a empleados, escuchó clientes que llevaban décadas entrando por la misma puerta, registró conversaciones, recuerdos, anécdotas y emociones.
No buscaba únicamente escribir sobre un supermercado, quería preservar una parte de la memoria inmigrante que rara vez aparece en los libros de historia.
[ Foto cortesía: Amaris Castillo ]
Damaris Castillo, madre de Amaris, recuerda como a su hija desde pequeña le gustaba la escritura y soñaba con su escribir su primer libro.
La recompensa de los padres
Mientras Amaris escribía, Damaris observaba el esfuerzo de su hija con preocupación.
"Yo le decía que por qué no hacía el libro en cinco años. Ella trabaja cuarenta horas, tiene dos hijos, una casa, pero lo terminó”.
Y cuando el libro estuvo publicado, el orgullo reemplazó cualquier preocupación. Damaris recuerda que su hija ya escribía cuentos cuando tenía apenas nueve años.
Ella misma cosió las hojas con una aguja, hizo los dibujos y aquel pequeño libro terminó ganando una medalla y siendo exhibido en un museo escolar de Manhattan. Hoy sonríe al comprobar que aquel sueño infantil se convirtió en realidad.
Sin embargo, cuando se le pregunta qué mensaje les envía a las familias inmigrantes que apenas comienzan, no habla de premios ni de reconocimientos, habla de perseverancia.
"Hay que tener dedicación. Nosotros llevamos cuarenta años trabajando. Hemos tenido tiempos buenos y malos, pero nunca dejamos de seguir. Con constancia, uno termina viendo el fruto."
[ Foto cortesía: Amaris Castillo ]
Freddy Castillo, padre de Amaris, aun organiza la tienda y atiende a sus clientes en ‘Orlando Latin Market’ en St. Petersburg, Florida.
El verdadero legado
Muchas personas creen que el éxito de una familia inmigrante se mide por el tamaño de la casa, el automóvil o la cuenta bancaria. Los Castillo demuestran lo contrario.
Su mayor patrimonio no está en las paredes de una tienda, está en una hija que convirtió el sacrificio de sus padres en literatura, en unos nietos que conocerán la historia de sus abuelos, en cientos de clientes que encontraron en esa bodega un lugar donde sentirse en casa.
Y en un libro que recuerda que el sueño americano también se construye detrás de un mostrador, acomodando mercancía, limpiando estantes, saludando vecinos y creyendo, incluso en los días más difíciles, que el trabajo honesto siempre deja un legado.
Porque algunas historias no nacen en los grandes edificios ni en las oficinas de poder, nacen en una pequeña tienda de barrio y desde allí terminan contando la historia de todo un país.
