La mañana del 10 de agosto parecía una mañana cualquiera. Algunos se preparaban para salir a trabajar, otros esperaban el desayuno y otros ya estaban en sus lugares de trabajo. Nadie imaginaba que, pocos minutos después, sus vidas cambiarían para siempre.
El terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en el municipio de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, estremeció buena parte del occidente colombiano y dejó una huella especialmente dolorosa en Pereira, donde numerosas viviendas y edificaciones resultaron afectadas.
Para John Jairo Aristizábal, de 60 años; Rubén Darío Mejía Delgado, de 78; y Paula Peña, de 50, aquella mañana no terminó cuando dejó de moverse la tierra. Para ellos comenzó otra lucha: sobrevivir, encontrar a sus familiares, rescatar lo que quedara de sus hogares y entender cómo comenzar de nuevo cuando prácticamente todo había desaparecido.
John Jairo: una misa, una decisión y una vida salvada
John Jairo Aristizábal estaba listo para salir en bicicleta. Era una mañana destinada al deporte, pero antes de salir encendió el televisor. Estaban transmitiendo la misa.
Decidió quedarse a escucharla. Apenas había transcurrido una parte de la celebración religiosa cuando comenzó el movimiento, al principio fue leve, después, la tierra empezó a sacudirse con una fuerza que convirtió su casa en una trampa.
John Jairo vivía en el barrio Providencia, en Pereira, con su madre, Damaris López, de 81 años.
Pensando que los portones metálicos podían trabarse y dejarlo atrapado, corrió hacia la salida, pasó por la habitación de su madre y le pidió que saliera. Pero cuando abrió el portón no la vio detrás.
Regresó. La encontró sin poder caminar. —“No soy capaz de moverme”, le decía su madre. John Jairo entró nuevamente por ella. La cargó y logró sacarla de la vivienda. Cuando puso un pie en el andén, ocurrió lo impensable.
La casa se desplomó detrás de ellos, el polvo cubrió todo. Madre e hijo quedaron completamente blancos, pero Damaris estaba viva.
John Jairo había logrado sacar a su madre apenas segundos antes de que la vivienda se viniera abajo. Sin embargo, mientras trataba de asimilar que ambos estaban con vida, escuchó una pregunta que se convertiría en una pesadilla.
—“El negrito, el negrito, ¿dónde está el negrito?”, preguntaba Damaris. Era su otro hijo.
Juan Carlos Aristizábal, de 62 años, hermano de John Jairo, vivía en uno de los apartamentos ubicados debajo de la vivienda familiar. Los tres pisos habían caído sobre él.
John Jairo comenzó a buscarlo, lo llamó una y otra vez, pero nunca respondió.
En otro apartamento también había quedado atrapada una mujer. Ella sí respondió a los llamados de quienes buscaban sobrevivientes. Los vecinos comenzaron a remover los escombros con sus propias manos.
La mujer fue rescatada con vida alrededor de las 4 de la tarde, después de permanecer atrapada desde aproximadamente las 7:45 de la mañana. Sin embargo, murió cuando era trasladada a una clínica.
La espera de John Jairo por su hermano continuó, su madre permaneció sentada frente a los escombros. Pedía a Dios encontrar a su hijo.
Finalmente, entre voluntarios, socorristas profesionales y maquinaria pesada, comenzaron a retirar concreto, acero y materiales destruidos. Encontraron a Juan Carlos pero había muerto por asfixia.
Para John Jairo, el terremoto no solamente derrumbó su casa. Se llevó a su hermano y dejó a su madre, de 81 años, con el dolor de haber perdido a uno de sus hijos.
Hoy ambos permanecen en la casa de una tía, a una cuadra de donde estaba su hogar. No tienen vivienda, no tienen sus pertenencias, pero tienen algo que John Jairo repite con fuerza: la esperanza de volver a empezar.
Video cortesía de los damnificados que contaron su historia en este artículo de prensa. En el primer clip se ve en la parte de atrás a John Jairo devolviéndose por su mamá y sacarla antes del colapso de su hogar. En el segundo clip, las primeras reacciones de Ruben Dario al ver su edifico derrumbado. Y en el tercer clip los angustiosos momentos de Paula al ver como quedó su apartamento.
Rubén Darío y Victoria: sobrevivir mientras el edificio caía
A pocos kilómetros de allí, en la urbanización La Lorena, Rubén Darío Mejía Delgado, de 78 años, esperaba el desayuno.
Estaba en el comedor con su esposa, Victoria Eugenia Ramírez Mejía, de 73 años, cuando comenzó el temblor.
Rubén Darío le dijo a su esposa que estaba temblando. Victoria, más nerviosa, salió inmediatamente y bajó del edificio. Él decidió esperar unos segundos hasta que el movimiento se volvió insoportable.
Entonces corrió. Lo hizo en pijama. Cuando logró salir del bloque, la estructura comenzó a colapsar.
No cayó hacia un lado, lo hizo verticalmente. Rubén Darío sintió cómo parte de la estructura le cayó en la espalda. Una ventana explotó y los vidrios le produjeron heridas en el brazo y el pecho.
Aun así, consiguió correr hasta una malla de alambre y se aferró a ella. No podía ver a su esposa, el polvo había cubierto todo. Pero podía escucharla, ella lo llamaba.
Durante casi dos minutos, según recuerda, la tierra no dejó de moverse. “Como si estuviéramos en una licuadora”, describe.
Alrededor, las escenas parecían sacadas de una película de desastre: edificios moviéndose, tanques de agua cayendo, ventanas explotando y personas corriendo mientras gritaban. En La Lorena había 15 bloques. Todos resultaron afectados.
El apartamento de Rubén Darío quedó completamente destruido. El tercer piso donde vivía terminó prácticamente convertido en el primero. Las escaleras desaparecieron y la entrada quedó sepultada.
Pero él y Victoria sobrevivieron. En su propio bloque no hubo víctimas mortales pero otros edificios no tuvieron la misma suerte.
Rubén Darío recuerda a personas atrapadas que pedían ayuda. Algunas no alcanzaron a salir porque las escaleras colapsaron.
Después de la emergencia, consiguió reunirse con su esposa. Habían sobrevivido pero su hogar había desaparecido.
No pudieron rescatar prácticamente nada. Ahora viven temporalmente en la casa de familiares mientras esperan las soluciones para los damnificados.
Rubén Darío ya está incluido en el censo correspondiente, pero su vida, como la de cientos de familias de La Lorena, quedó suspendida entre los escombros y la incertidumbre.
[ Foto: Cortesía Rubén Darío Mejía Delgado ]
Primeras fotos tomadas por Rubén Darío Mejía Delgado después del terremoto. Corresponden al edificio donde vivía y que se derrumbó de forma vertical en la urbanización La Lorena de Pereira, Colombia.
Paula: el miedo de una madre por encontrar a su hijo
Para Paula Peña, de 50 años, el terremoto comenzó lejos de casa. Estaba trabajando como tesorera en la Institución Educativa Ciudad Boquilla.
Su oficina estaba en el segundo piso. Cuando comenzó el movimiento, ella y sus compañeros empezaron a evacuar.
Al principio podían caminar. Después, el terremoto aumentó su intensidad. Los niños no podían permanecer de pie.
Paula recuerda la angustia de verlos tambalearse mientras ella, los profesores, coordinadores y directivos les pedían que se sentaran para evitar que cayeran.
Pero mientras ayudaba a los estudiantes, una preocupación la atormentaba. Su hijo Miguel también estaba estudiando, pero en otro colegio y estaba lejos de ella. Cuando terminó el movimiento, Paula subió nuevamente a su oficina, tomó su bolso, cerró y salió corriendo.
Ese día llevaba tacones, en medio de la carrera los perdió, terminó caminando descalza.
La ciudad estaba colapsada. Supermercados, hoteles y viviendas habían sufrido daños y las vías estaban prácticamente bloqueadas.
No había transporte, hasta que apareció una motocicleta. El conductor le pidió 50.000 pesos por llevarla a la zona donde vivía, un valor muy superior al habitual. Paula aceptó.
Necesitaba llegar, saber qué había ocurrido con su hijo. Finalmente decidió bajarse donde su madre.
Desde allí intentó llegar hasta su apartamento, subió con su sobrino, pero cuando llegó al edificio encontró otra realidad.
Su apartamento estaba en el quinto piso, su sobrino ya había llegado hasta allí y comenzó a gritar: —“¡Tía, tu apartamento se cayó!”
La puerta estaba atascada, varios vecinos acudieron y entre aproximadamente cinco personas lograron moverla y despejar los escombros.
Cuando Paula entró, encontró su vida sepultada. La placa de concreto donde durante años se ubicaban los tanques de reserva de agua había colapsado. Uno de los tanques cayó y la estructura terminó dentro de su apartamento.
La nevera quedó debajo de un bloque de concreto. La lavadora recibió el impacto de una enorme pieza de la placa. El microondas, la licuadora y otros electrodomésticos quedaron destruidos.
La cama, el sofá, los televisores, los muebles y prácticamente todo lo que había construido durante años quedaron bajo los escombros.
Pero todavía faltaba lo más importante. Encontrar a Miguel. Las calles estaban bloqueadas y no había acceso vehicular hacia el colegio.
Entonces un sobrino consiguió una bicicleta prestada, se fue por él y regresó con Miguel en la bicicleta. Madre e hijo volvieron a encontrarse. Paula pudo respirar.
Pero esa misma noche tuvieron que dormir en la parte baja de un restaurante ubicado en el primer piso del edificio donde estaba la vivienda de su madre. Tenían miedo de las réplicas.
Al día siguiente comenzó otra batalla: registrarse como damnificada. El proceso no fue sencillo. Tuvo que desplazarse hasta los Bomberos de Pereira para realizar el trámite.
Posteriormente regresó con mucha precaución al conjunto donde vivía. El edificio había sido declarado inhabitable por las autoridades y las réplicas continuaban provocando la caída de fragmentos.
Aunque algunos análisis señalaban que determinados elementos estructurales estaban en buenas condiciones, Paula ya no se siente segura de regresar.
Y existe otro problema. Ella vivía en arriendo. La propietaria del apartamento reside en el extranjero y deberá determinar qué ocurrirá con el inmueble.
Mientras tanto, Paula necesita buscar otro lugar donde vivir, pero los precios de los arriendos se dispararon después del terremoto.
Lo que antes podía costar alrededor de 1,5 millones de pesos mensuales ahora puede alcanzar 2,2 o 2,3 millones. Es decir, paso de unos 300 dólares mensuales a casi 900 dólares.
Para una mujer que vive de su salario, la diferencia es imposible de asumir.
[ Foto: Cortesía Paula Peña ]
Este es el estado en el que quedó el apartamento en el que Paula Peña vivía en arriendo en el sector de La Villa en Pereira, Colombia. Hoy necesita la ayuda de personas de buen corazón para volver a comenzar.
Tres historias, una misma necesidad
John Jairo perdió su casa y a su hermano. Rubén Darío perdió el apartamento donde vivió junto a su esposa. Paula perdió el lugar que arrendaba, sus muebles, sus electrodomésticos, su ropa y prácticamente todo lo material que tenía, mientras su hijo quedó también con la ropa que llevaba puesta aquel día.
Tres personas, tres historias distintas, una misma tragedia y necesidad: volver a empezar.
Hoy, la ayuda oficial y comunitaria avanza por diferentes caminos, pero las necesidades individuales siguen siendo enormes. John Jairo necesita reconstruir su vida junto a su madre. Rubén Darío y Victoria necesitan una solución habitacional mientras esperan una respuesta definitiva. Paula necesita conseguir un nuevo lugar para vivir y recuperar, poco a poco, los elementos básicos de un hogar.
Por eso, detrás de las cifras de damnificados, de los edificios afectados y de los reportes de emergencia, existen nombres, rostros y familias. Personas que tenían una vida antes del 10 de agosto y que ahora necesitan de otras personas para comenzar a construirla nuevamente.
Quienes deseen tenderles una mano pueden comunicarse directamente con ellos a través de WhatsApp:
- John Jairo Aristizábal: +57 312 256 0340
- Rubén Darío Mejía Delgado: +57 315 734 8381
- Paula Peña: +57 324 650 2615
Una ayuda económica, alimentos, ropa, elementos para el hogar o cualquier aporte que esté dentro de las posibilidades de cada persona puede convertirse, para ellos, en mucho más que una donación.
Puede significar una cama donde dormir, una nevera donde guardar los alimentos, un electrodoméstico para volver a organizar una casa, un techo.
O simplemente la certeza de que, después de perderlo todo, no están solos. Porque el terremoto derrumbó paredes, apartamentos y casas, pero no consiguió derrumbar la voluntad de quienes sobrevivieron.
Ahora la reconstrucción también depende de la solidaridad.