Frengel Reyes dice que jamás olvidará los gritos en la oscuridad, la litera fría sin mantas, la brutalidad impuesta por los guardias.
“El infierno es real allá adentro”, dijo Reyes, de 25 años, sobre los cuatro meses que pasó en una megacárcel en El Salvador tras ser deportado en marzo desde Estados Unidos.
“Me hacía la misma pregunta una y otra vez: ¿Qué estoy haciendo aquí? No entendía nada y no lo podía creer”, dijo Reyes. “Eso fue lo que me repetí cada día”.
Reyes, pintor en el área de Tampa Bay, fue detenido el 4 de febrero durante una cita migratoria y deportado un mes después. Fue uno de los 250 venezolanos recluidos en el Centro de Confinamiento del Terrorismo, o CECOT, una prisión inaugurada en 2023 con capacidad para hasta 40.000 reclusos.
Reyes fue enviado a su país de origen a principios de este mes como parte de un acuerdo de intercambio de prisioneros.
En El Salvador, Reyes afirma que los prisioneros eran tratados como animales. Estaba prohibido hablar directamente con los guardias o mirarlos a los ojos. Todos debían mantener la vista baja.
“Los inodoros estaban dentro de cada celda, en el mismo espacio donde teníamos que lavarnos las manos, la cara y el cuerpo. En cada celda éramos 14 o 18 detenidos”, contó Reyes al Times vía WhatsApp desde Zulia, Venezuela, donde ahora vive con su familia. “Teníamos que dormir con la camiseta tapándonos la nariz y la cara para bloquear los olores. Así dormíamos”.
Reyes recuerda que la comida enfermaba a muchos durante días o incluso semanas. A menudo los castigaban obligándolos a caminar en cuclillas con las manos en la cabeza.
“Le decían ‘posición de requisa’. Tres horas de rodillas con el cuello agachado, solo porque uno alzó la voz. Pero todos pagábamos por uno. Decían que así debían tratarse los terroristas”, relató Reyes. “Yo siempre trataba de evitar a los guardias, pero hubo tortura física. A un compañero de celda casi le sacan un ojo de una patada en la cara. Yo tuve dolor en las costillas durante tres meses por una golpiza”.
Foto cortesía de F. Reyes
Dentro de la megacárcel en El Salvador, Reyes afirma haber enfrentado violencia y un miedo constante.
Uno de los peores lugares, dijo Reyes, era “La Isla”, una sala oscura adonde llevaban a los prisioneros para golpearlos por distintas razones. A uno lo llevaron por quejarse de la comida. A otro, por decir que el inodoro estaba dañado.
En “La Isla” no había luz, ni forma de verse entre ellos ni de escapar. Los guardias entraban con linternas y gafas de visión nocturna, armados con bastones. Los hombres salían ensangrentados. Otros rogaban por atención médica.
Reyes fue llevado a “La Isla” dos veces. La primera, dijo, fue por intentar bañarse. Los guardias lo sacaron y lo golpearon por no tener permiso. La segunda vez fue por pedir que cambiaran el agua, ya que los estaba enfermando.
“En ‘La Isla’ no podíamos ver nada y teníamos que estar de rodillas”, dijo Reyes. “Nos pisaban, nos pateaban las costillas con botas. Sufrimos mucho”.
El camino de ida y vuelta
Reyes ingresó a Estados Unidos en diciembre de 2023 por la frontera sur junto a su esposa, Liyanara Sánchez, y su hijastro de 10 años. Al llegar, solicitó asilo y protección bajo el Estatus de Protección Temporal (TPS).
No tiene tatuajes ni antecedentes penales, y asegura no tener vínculos con el Tren de Aragua, una banda que surgió hace más de 12 años en una cárcel del estado Aragua, en el centro de Venezuela.
La noche de su arresto en la oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), Reyes fue enviado a un centro de detención en el condado de Pinellas, y al día siguiente trasladado nuevamente a Tampa. Luego fue enviado al Centro de Detención Krome en Miami, donde pasó siete días durmiendo en el suelo en condiciones de hacinamiento. Más tarde lo llevaron al Centro de Detención Federal en el condado de Miami-Dade durante unas cinco semanas.
De allí lo trasladaron en autobús a Georgia y luego lo subieron a un avión. El vuelo aterrizó en el sur de Texas, cerca de la frontera, donde estuvo seis días detenido. Le dijeron que sería deportado a Venezuela. Sin embargo, el avión aterrizó en El Salvador.
Los venezolanos fueron deportados bajo la autoridad de la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, una norma promulgada en tiempos de guerra en el siglo XVIII.
Más de 50 venezolanos deportados a El Salvador ingresaron legalmente a Estados Unidos y nunca violaron leyes migratorias, según un análisis del Instituto Cato. El informe concluyó que 42 de ellos fueron catalogados como pandilleros principalmente por sus tatuajes, “los cuales no son usados por las pandillas venezolanas para identificar a sus miembros y no constituyen un indicador confiable de afiliación”.
La esposa de Reyes dijo que durante los cuatro meses que él estuvo encarcelado, la única prueba de que seguía vivo fue un video publicado a principios de mayo por el canal ultraconservador One America News Network. En el video, Reyes y otros detenidos hacen una señal con las manos pidiendo ayuda mientras miran a la cámara y gritan: “¡Ayuda!”, “¡Venezuela!” y “¡Libertad!”
“Después de eso hubo una requisa, una gran operación. Nos pusieron en el pasillo, y celda por celda, nos golpearon con bastones”, contó Reyes. “Pero protestamos porque estábamos desesperados. Solo queríamos decir algo al mundo”.
Reyes dijo que no tuvieron acceso a representación legal ni forma de comunicarse con sus familias. Un juez federal dictaminó en junio que algunos migrantes enviados a la prisión de El Salvador deben poder impugnar sus deportaciones, según reportó Associated Press.
“Antes de ser deportado, solo firmé un papel sobre mis pertenencias”, dijo Reyes. “Nunca vi a un juez. Pagué un abogado, pero no lo dejaron ayudar. Se quedaron con todo: mis $150 y mi cédula venezolana”.
El Departamento de Seguridad Nacional no respondió a la solicitud de comentarios sobre las denuncias de Reyes.
Ahora que está libre, Reyes intenta reconstruir su vida en Zulia, Venezuela. Espera reencontrarse con su esposa y su hijastro en Venezuela antes de Navidad.
“Por ahora, vivo con mi mamá y mi hermana menor. Apenas estoy comenzando a reconectarme con personas, amigos, y ver qué puedo hacer”, dijo Reyes. “Haré lo que sea por mí y por mi familia, eso seguro”.